CUENTO DE LA SEMANA

"LOS CUENTOS, VAGABUNDOS"

Ana María Matute

(España)

 Pocas cosas existen tan cargadas de magia como las palabras de un cuento. Ese cuento breve, lleno de sugerencias, dueño de un extraño poder que arrebata y pone alas hacia mundos donde no existen ni el suelo ni el cielo. Los cuentos representan uno de los aspectos más inolvidables e intensos de la primera infancia. Todos los niños del mundo han escuchado cuentos. Ese cuento que no debe escribirse y lleva de voz en voz paisajes y figuras, movidos más por la imaginación del oyente que por la palabra del narrador.

He llegado a creer que solamente existen media docena de cuentos. Pero los cuentos son viajeros impenitentes. Las alas de los cuentos van más allá y más rápido de lo que lógicamente pueda creerse. Son los pueblos, las aldeas, los que reciben a los cuentos. Por la noche, suavemente, y en invierno. Son como el viento que se filtra, gimiendo, por las rendijas de las puertas. Que se cuela, hasta los huesos, con un estremecimiento sutil y hondo. Hay, incluso, ciertos cuentos que casi obligan a abrigarse más, a arrebujarse junto al fuego, con las manos escondidas y los ojos cerrados.

Los pueblos, digo, los reciben de noche. Desde hace miles de años que llegan a través de las montañas, y duermen en las casas, en los rincones del granero, en el fuego. De paso, como peregrinos. Por eso son los viejos, desvelados y nostálgicos, quienes los cuentan.

Los cuentos son renegados, vagabundos, con algo de la inconsciencia y crueldad infantil, con algo de su misterio. Hacen llorar o reír, se olvidan de donde nacieron, se adaptan a los trajes y a las costumbres de allí donde los reciben. Sí, realmente, no hay más de media docena de cuentos. Pero ¡cuántos hijos van dejándose por el camino!

Mi abuela me contaba, cuando yo era pequeña, la historia de la Niña de Nieve. Esta niña de nieve, en sus labios, quedaba irremisiblemente emplazada en aquel paisaje de nuestras montañas, en una alta sierra de la vieja Castilla. Los campesinos del cuento eran para mí una pareja de labradores de tez oscura y áspera de lacónicas palabras y mirada perdida, como yo los había visto en nuestra tierra. Un día el campesino de este cuento vio nevar. Yo veía entonces, con sus ojos, un invierno serrano, con esqueletos negros de árboles cubiertos de humedad, con centelleo de estrellas. Veía largos caminos, montaña arriba, y aquel cielo gris, con sus largas nubes, que tenían un relieve de piedras. El hombre del cuento, que vio nevar, estaba muy triste porque no tenía hijos. Salió a la nieve, y, con ella, hizo una niña. Su mujer le miraba desde la ventana. Mi abuela explicaba: "No le salieron muy bien los pies. Entró en la casa y su mujer le trajo una

sartén. Así, los moldearon lo mejor que pudieron." La imagen no puede ser más confusa. Sin embargo, para mí, en aquel tiempo, nada había más natural. Yo veía perfectamente a la mujer, que traía una sartén, negra como el hollín. Sobre ella, la nieve de la niña resaltaba blanca, viva. Y yo seguía viendo, claramente, cómo el hombre moldeaba los pequeños pies. "La niña empezó entonces a hablar", continuaba mi abuela. Aquí se obraba el milagro del cuento. Su magia inundaba el corazón con una lluvia dulce, punzante. Y empezaba a temblar un mundo nuevo e inquieto. Era también tan natural que la niña de nieve empezase a hablar... En labios de mi abuela, dentro del cuento y del paisaje, no podía ser de otro modo. Mi abuela decía, luego, que la niña de nieve creció hasta los siete años. Pero llegó la noche de San Juan. En el cuento, la noche de San Juan tiene un olor, una temperatura y una luz que no existen en la realidad. La noche de

San Juan es una noche exclusivamente para los cuentos. En el que ahora me ocupa también hubo hogueras, como es de rigor. Y mi abuela me decía: "Todos los niños saltaban por encima del fuego, pero la niña de nieve tenía miedo. Al fin, tanto se burlaron de ella, que se decidió. Y entonces, ¿sabes qué es lo que le pasó a la niña de nieve?" Sí, yo lo imaginaba bien. La veía volverse blanda, hasta derretirse. Desaparecía para siempre. "¿Y no apagaba el fuego?", preguntaba yo, con un vago deseo. ¡Ah!, pero eso mi abuela no lo sabía. Sólo sabía que los viejos campesinos lloraron mucho la pérdida de su niña.

No hace mucho tiempo me enteré de que el cuento de la Niña de Nieve, que mi abuela recogiera de labios de la suya, era en realidad una antigua leyenda ucraniana. Pero ¡qué diferente, en labios de mi abuela, a como la leí! La niña de nieve atravesó montañas y ríos, calzó altas botas de fieltro, zuecos, fue descalza o con abarcas, vistió falda roja o blanca, fue rubia o de cabello negro, se adornó con monedas de oro o botones de cobre, y llegó a mí, siendo niña, con justillo negro y rodetes de trenza arrollados a los lados de la cabeza. La niña de nieve se iría luego, digo yo, como esos pájaros que buscan eternamente, en los cuentos, los fabulosos países donde brilla siempre el sol. Y allí, en vez de fundirse y desaparecer, seguirá viva y helada, con otro vestido, otra lengua, convirtiéndose en agua todos los días sobre ese fuego que, bien sea en un bosque, bien en un hogar cualquiera, está encendiéndose todos los días para ella.

El cuento de la niña de nieve, como el cuento del hermano bueno y el hermano malo, como el del avaro y el del tercer hijo tonto, como el de la madrastra y el hada buena, viajará todos los días y a través de todas las tierras. Allí, a la aldea donde no se conocía el tren, llegó el cuento, caminando. El cuento es astuto. Se filtra en el vino, en las lenguas de las viejas, en las historias de los santos. Se vuelve melodía torpe, en la garganta de un caminante que bebe en la taberna y toca la bandurria. Se esconde en las calumnias, en los cruces de los caminos, en los cementerios, en la oscuridad de los pajares. El cuento se va, pero deja sus huellas. Y aún las arrastra por el camino, como van ladrando los perros tras los carros, carretera adelante. El cuento llega y se marcha por la noche, llevándose debajo de las alas la rara zozobra de los niños.

A escondidas, pegándose al frío y a las cunetas, va huyendo. A veces pícaro, o inocente, o cruel. O alegre, o triste. Siempre, robando una nostalgia, con su viejo corazón de vagabundo.

 FIN


"Me caí del mundo y no sé por donde se entra." ( Para mayores de 30)

 EDUARDO GALEANO

        Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.. 

No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. 

Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales. 

¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo. 

¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades. 
¡Guardo los vasos desechables! 
¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez! 
¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos! 
Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida! 
¡Es más! 
¡Se compraban para la vida de los que venían después! 
La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas de loza. 
Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de refrigerador tres veces. 
¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica. 
¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los mocasines o zapatos? 
¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa? 
¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista? 
¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros? 
Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y más basura. 

El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad. 
El que tenga menos de 30 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el que recogía la basura!! 
¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de... años! 
Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII) 

No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan . 
Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De 'por ahí' vengo yo. Y no es que haya sido mejor.. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el 'guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo', pasarse al 'compre y bote que ya se viene el modelo nuevo'.Hay que cambiar el auto cada 3 años como máximo, porque si no, eres un arruinado. Así el coche que tenés esté en buen estado . Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo!!!! Pero por Dios. 

Mi cabeza no resiste tanto. 

Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. 

Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo. 

Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo? 

¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron? 

En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. . ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las tapas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos! 

Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín. 

Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para pone r en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!! 

Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía 'éste es un 4 de bastos'. 

Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa. 

Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden 'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!! 

Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la copita', nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella. 

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables. 

Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo,pegatina en el cabello y glamour. 

Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la 'bruja' como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la 'bruja' me gane de mano y sea yo el entregado. 
Eduardo Galeano 
Periodista y escritor Uruguayo 

"Aprensiones"
Leopoldo Alas ("Clarín")
 
    La hermosísima Amparo vivía, durante el invierno, en una ciudad no muy alegre del centro de España; y por el verano, dejando a su marido atado a su empleo, se marchaba como una golondrina a buscar tierra fresca, alegría, allá al Norte. Vivía entonces con su madre, cuya benevolencia excesiva había pervertido, sin querer, el alma de aquella moza garrida, desde muy temprano.     

    La pobre anciana, que había empezado por madre descuidada, de extremada tolerancia, acababa por ser poco menos que la trotaconventos de las aventuras galantes de su hija, loca, apasionada y violenta. Amparo, que había sido refractaria al matrimonio, porque prefería la flirtation cosmopolita a que vivía entregada viajando por Francia, Suiza, Bélgica, Italia y España, acabó, porque exigencias económicas la obligaron a escoger uno entre docenas de pretendientes, por jugar el marido a cara y cruz, como quien dice. Era supersticiosa y pidió consejo a no sé qué agüeros pseudopiadosos para elegir esposo. Y se casó con el que la suerte quiso, aunque ella achacó la elección a voluntad o diabólica, o divina: no estaba segura. Por supuesto que a su marido, a quien dominaba por la seducción carnal y por la energía del egoísmo ansioso de placeres, le impuso la obligación de mimarla como su madre había hecho; de tratarla a lo gran señora; y según ella, las grandes señoras tenían que vivir con gran independencia y muy por encima de ciertas preocupaciones morales, buenas para las cursis de la clase media provinciana.

    Por culpa de este tratado, bochornoso para el pobre director de la sucursal del Banco de la ciudad de X, Amparo dedicaba el verano a la vida menos propia de una casada honesta. Guardaba, es claro, ciertas formas... pero otras no; no era casta, pero era cauta a veces. A su madre le exigía tolerancia para sus devaneos como antes le había exigido muñecas, viajes, sombreros, cintas, teatros, bailes, lujo y alegría. La vieja infeliz de buen grado hubiera puesto coto a las locuras de su hija (locuras: nunca les dio peor nombre) pero ya era tarde: su debilidad física ayudaba a su debilidad moral a ceder, a transigir, a hacer la vista gorda. Una escena con Amparo la horrorizaba; estaba segura de que precipitaría su muerte; la de la madre infeliz, enferma del corazón, sin saberlo la hija.
    Llegó un año en que Amparo, en vez de adelantar el viaje al Norte algunos días, como era ya costumbre, lo retraso unas cuantas semanas. ¡Cosa más rara!, pensaba la madre. ¿Qué es lo que detiene a esa loca en X? Por fin llegó Amparo. Se divirtió aquel año en las playas de lujo y elegancia como otras veces, pero con menos afán; y, más hubo; no tuvo ninguna aventura seria, como las llamaba la madre, siempre amiga del eufemismo.
    Al mediar septiembre Amparo anunció que se volvía a sus cuarteles de invierno. Otros años tomaba por verano gran parte de otoño. ¡Cosa más rara!, pensaba la madre, dejándola partir...
¿Qué era ello? Era que Amparo había encontrado en X lo que nunca hubiera podido sospechar que existía allí... Un género de adoración completamente nuevo, picante por lo extraño; en fin, una manera de flirtation del todo desconocida para ella. Es de advertir que Amparo usaba con poca exactitud el barbarismo flirtation, pues seguía denominando así la aventura más pecaminosa. Se trataba de una especie de Josef que ni dejaba la capa ni se entregaba. Amparo no concebía que un hombre a quien ella quisiera volver loco, se le resistiera. Menos concebía que se le resistiera un hombre a quien ella, por relaciones íntimas de amistad entre las respectivas familias, tenía ocasión frecuente de poner en graves apuros con tentaciones de la soledad más insinuante.. . Y, por último, lo que le parecía rematadamente imposible, era... la realidad que estaba tocando, que no se le declarase, arrojándose a sus pies, loco, furioso, de pasión, un hombre que la
veía todos los días, a quien ella ponía el más apretado cerco... y del que podía asegurar que la deseaba con todas las potencias del alma concupiscente. Y éste era el caso; y por este caso extraordinario encontraba ya Amparo más interés y atractivo en su vida invernal de X que en las alegrías locas del verano.
    Se trataba del interventor del mismo establecimiento que el marido de Amparo dirigía. Era Emilio Serrano joven todavía, casado, con tres o cuatro hijos, regular de figura, no descuidado en el vestir, madrileño que se aburría en una provincia de tercer orden; hombre de vida espiritual, amigo de libros, artes, filosofías y aún teologías, que en X no tenía con quien hablar apenas de aquellas cosas superiores.
    Amparo, aunque no tenía de Jorge Sand nada más que el latitudinarismo ético, que en ella no ofrecía las explicaciones que había para el de la ilustre escritora, se creía mujer algo superior, capaz de comprender cosas hondas y raras, si acababan, apurada la cuenta, en placer y apasionamiento materiales.
Emilio Serrano era de los que opinan que la única tentación seria es la Mujer. Fuera del Arte, de la Filosofía, que en X no se podían cultivar más que a lo solitario, no había más que la Mujer. Lástima que en la mayor parte de las circunstancias, el amor fuera fruta prohibida. Amparo le pareció muy bien desde el primer día que la vio. A la segunda visita los dos comprendieron que entre ellos tenía que haber algo, aunque ese algo acabara por no ser nada. Esto de acabar así no era Amparo quien lo suponía posible, sino Emilio, que había tenido muchos amoríos de cabeza, por el estilo. Su imaginación necesitaba mucho más de esta clase de recreos que su corazón y sus sentidos. Amparo no estaba acostumbrada a tener adoradores tan escogidos, por lo que toca a los refinamientos espirituales. La novedad de aquellas cosas que había en el mundo de las almas, de las ideas, la atraía; hasta en lo moral, en el sacrificio, en la abstinencia reconocía ya que podía haber algo distinguido, chic. ¡Y qué hombre era aquel Serrano! Era un predicador, sin parecerlo; no era un hipócrita, pues no escondía sus debilidades, pero daba a entender que para él había pecados y que había que resistir las tentaciones. Esto último era de la más alta novedad para Amparo, y por nuevo le gustaba. En fin, que aunque lo hubiera hecho a propósito, según arte, Emilio no hubiera podido inventar nada mejor que aquel ten con ten, para engolosinar a la señora del director del Banco.
    Llegaron a tratarse con gran intimidad; siempre estaban hablando en tercera persona de asuntos de amor, de relaciones de mujeres cansadas, de lo que podía la naturaleza y de lo que podía el deber, etc. A veces, es claro, la cosa se ponía seria, se empezaba a prescindir de la tercera persona... pero Emilio siempre se detenía a tiempo.
De sobra sabía ella que él la deseaba; mil insinuaciones, miles y miles de miradas, gestos, entonaciones, lo habían dicho todo; hasta contactos rápidos, pero cargados de sensaciones fuertes, los tenían como ligados implícitamente; mas declararse, lo que se llama declararse jamás. Hasta había dado a entender el interventor que a eso no llegaría nunca. Y era el paso de chancillería indispensable, según Amparo, para llegar a donde naturalmente, en su opinión, tenían que llegar esta clase de asuntos.
"¡Hombre más raro! -No; pero él caería-." Unas veces, coqueterías demasiado atrevidas; otras veces conversaciones verdes, con pimienta; otras desdenes, indiferencia, frialdad: todo inútil. Emilio ni huía del peligro ni perecía en él.
Al cabo Amparo supo en qué consistía el talismán de aquella resistencia; por qué Emilio, que no era santo, ni casto, ni asceta, ni cosa que lo valga, constantemente volaba alrededor de la llama sin quemarse las alas.
Hablaban de las corazonadas, de las supersticiones. Amparo desde su vida de colegiala, era supersticiosa, creía en agüeros;, se hacía echar las cartas, daba crédito a las mesas giratorias; y todo esto lo mezclaba ella con la fe religiosa, con los avisos providenciales y otras cosas muy dignas de respeto.
Y con este motivo, hablando de las aprensiones de cada cual, Emilio le dijo muy serio, devorándola con los ojos, el secreto de aquella fortaleza con que él sabía huir del abismo, al llegar a sus bordes.
"No, no es que sea un santo; ni siquiera un hombre completamente honrado, pues éste no peca ni siquiera con la intención; es otra cosa: es que vivo condenado al tormento de sentir muy vivamente las tentaciones, de amar el pecado... y no poder caer en él de una vez; ni gozo las delicias de la virtud, ni las del crimen. Cuando usted se burla de mí dándome a entender que me tiene por frío, o por inocente, o por tímido... o hasta por algo peor... ¡Qué mal me entiende! ¡qué injusta es conmigo! Lo que otros desean, yo lo deseo con más fuerza que nadie; yo sabría gozar del fruto prohibido con más intenso placer que cualquiera.. . pero... hay una barrera... moral... y al mismo tiempo así... como... si dijéramos mecánica, infranqueable. Tengo la seguridad de que no pasaré por encima de esta dificultad, de este obstáculo, nunca, aunque después de pasada la ocasión, me irrite y desespere."
Amparo, anhelante, oía; comprendía, es claro, todo lo que Emilio quería decir. ¿Qué obstáculo era aquel? Por qué se hablaba de él con motivo de las aprensiones, de la superstición, de miedo a los castigos providenciales? A ver, a ver; quería ella conocer aquel enemigo para luchar con él cara a cara. ¡Un obstáculo que podía más que su hermosura, sus insinuaciones. .. su amor propio! ¿Qué podría ser?
Lo supo; Emilio con absoluta sinceridad y tono sencillo, que la encantaba, se lo explicó: era esto, en resumen:
Se le había metido en la cabeza... y en el corazón, que él no gozaría jamás de un gran placer, de una gloria deslumbrante, del amor de una mujer muy apetecida, de una inmensa riqueza, de un poderío enorme; pero que, en cambio, jamás tampoco, padecería el tormento de una de esas desgracias terribles que hacen maldecir la existencia. Tenía mucho miedo a los grandes dolores morales, porque sabía por experiencia que su sensibilidad para esta clase de males era refinada, carne viva. Ahora, decía, lo que me horroriza más es la muerte de un hijo. Sólo pensando en la agonía de uno de mis churumbeles. ..", me pongo malo. Pues bien, como si lo supiera por revelación particular, directa, creo firmemente que la Providencia me propone este pacto: no perderás ningún hijo si no cometes ningún gran pecado; si no matas, si no robas, si no engañas, si no ofendes el honor de un padre, de un marido. Si te dejas vencer, si sucumbes, por gozar las delicias de la pasión victoriosa, a una gran tentación... como otros muchos han sucumbido, perderás un hijo, como otros muchos lo han perdido. Los he tenido enfermos, muy enfermitos: y en los trances apurados siempre sentí el remordimiento de no huir del mal, de no romper con la tentación... pero ofrecí siempre a Dios el sacrificio de las grandes delicias del crimen; ofrecí vencerme siempre al llegar a poner por obra mis ansias concupiscentes. .. y los hijos no se me han muerto; han llegado al borde del sepulcro... pero siempre han vuelto a la vida. ¡Oh, no hay dogma para mí tan claro, tan cierto como éste: si yo gozo de lo que más deseo, que es una mujer, de que no sé, de que no puedo huir; si llega a ser mía... delicia infinita... se me muere un hijo, dolor infinito. Estoy seguro ... vendrá la enfermedad y no se dejará vencer como otras veces ... no... vencerá ella... morirá el hijo; porque satisfizo su pasión el padre.
-¡Qué aprensiones! ¡Qué raro es usted! -dijo Amparo, triste de repente, fría, seca. La habían hecho entrever el mundo de las penas que son castigo; mundo que la horrorizaba, en que jamás había querido pensar. ¡Qué cosas imaginaba aquel hombre! Si la pasión pecaminosa, satisfecha, debía traer consigo una desgracia inmensa, ¡qué infierno la aguardaba a ella! Pero además, la muerte de otros a ella no le parecía tan inmenso dolor. ¡Hombre más raro!
Pasó algún tiempo. Aquella especie de impedimento dirimente que se había descubierto apartó un poco de Emilio a Amparo, que necesitaba, en amor, sacar las consecuencias, una vez sentadas las premisas. Sin embargo, ni uno ni otro daban por concluida aquella extraña manera de relaciones que los acercaba... uno a otro... pero no los juntaba. Cuando más conocían que algo seguía habiendo entre ellos, era en las largas ausencias. Se echaban mucho de menos; y el primer apretón de manos al volver a verse, hablaba de esto.
A Serrano se le murió un hijo. El padre, con el dolor, cayó enfermo. Ya convaleciente, Amparo fue a verle, con su marido. Quedaron solos aquellos buenos amigos, un momento. Los dos callaban. Amparo, aprovechando una mirada de Emilio sonrió de esa manera que anuncia palabras solemnes, confianzas íntimas:
-Pobre Emilio -dijo-, ya ve usted... de todas maneras.. se le ha muerto a usted uno. No se puede creer en aprensiones.
Emilio, poniéndose en pie, con voz dulce, pero que a ella le pareció agria, helada, contestó:
-Amparo, sí: he perdido un hijo. Como los pierden los malos... y los buenos. El pacto que yo creía un dogma... era impío. Mi dolor es muy grande. Pero ¿sabe usted lo que mitiga mi pena? Pensar que no padezco el suplicio infernal que sería haber caído en la tentación y creer que era yo, por mi pecado, quien mataba a mi hijo. Lo que Dios me da a cambio de no gozar el crimen, no es la vida de mis hijos, que no puede ser mía, sino la paz de mi conciencia.. . que es lo único mío.
© Herederos de Leopoldo Alas (Clarín).
Leopoldo Alas ("Clarín")